los
homosexuales comprenden, como los que más,
las
ausencias, las soledades y la carencia de ternura.
En
este medio, algunos grupos gays viven en una suerte
de guetos silenciosos y contradictoriamente forman
parte del cotidiano de la vecindad. No faltan los rumores,
pero corre el principio de que “todos somos inocentes,
mientras no se demuestre lo contrario”. Y a falta
de prueba material, lo demás, es simple indicio.
Hace
un par de semanas fui invitada a una fiesta de cumpleaños
exagerada de un homosexual exagerado hasta en
su modo de dar afecto. Fui contenta a festejarlo con
mi descomplicada heterosexuaidad. Ante una ocasión
propicia el gueto se incendia. Se acaba el silencio.
No me alcanzó la fantasía para imaginar
con qué calibre de fiestita me iría a
encontrar.
Me
sorprendió el nada frugal asado que dio comienzo
a lo que resultó ser una fiesta barrial en un
sector suburbano de la capital. Vecinos, conocidos
y allegados estaban invitados a comer. Un océano
de carnes, ensaladas, vinos y fiambres estaban aderezados
con el conjunto de vallenato directamente importado
de Colombia para el deleite del homenajeado y la variopinta
concurrencia. Cómo sería esto… si
hubiera un buen gobierno, me preguntaba. Estaba inquieta
con los derroteros que podría tomar la fiesta
entre niños, familias populares, heterosexuales
en evidente acción hormonal, homosexuales
que guardaban la compostura, compañeras y compañeros
de trabajo que no tenían clara la preferencia
sexual de nadie. “Una verdadera chanfaina”,
como diría mi mamacita. Para mi sorpresa, primó el
cariño de todos contra todos.
Al
convite no faltaron mis recapacites. Si el mundo es
tan humano como la concurrencia, se iría mucho
más allá de la proclama de derechos. El
real afecto no tiene que ver con la tolerancia. Muchas
veces es su contrario. La actitud cordial y civilizada
nos puede distanciar de la esencia de las gentes.
Vivimos prevenidos ante lo diverso e incluyo a
mi sistema nervioso. No podía dejar de pensar
en el momento en que empezara a descomponerse la compostura.
Me
tranquilicé cuando, a eso de las cinco de la
tarde, tras tanta voluptuosidad oral y un bailecito
digestivo, se produjo el éxodo prudente
de parejas y familias de la zona. El grupo de
vallenato seguía marcando el compás sin
desmayar, en tanto algunas compañeritas de trabajo
ya habían echado el ojo a los amigos del cumpleañero.
Cándidas, no se enteraban que no tenían
la menor oportunidad de conquista.
No
tardó en hacerse presente el asedio. Comenzó mi
diversión. Uno tras otro me sacaban a bailar
para escudarse de las pretendientes, mientras me pedían
entre dientes que los salvara de la situación. Los
caballeros tampoco hicieron esperar a las lesbianas.
Lo que pudo haber sido una situación incómoda,
se tornó en un escenario farsesco cuyos protagonistas
estaban más allá del bien y del mal.
Nadie
salió del clóset, pero tampoco ninguno
se quedó encerrado. La seudo seducción
se tornó en el juego de la noche. Los heterosexuales
eran la inocencia personificada. Vi cómo sobraban.
Cuánto sobrábamos. Qué tiernos se
veían los clásicos rompecorazones ante
la victoriana invisibilidad de las lesbianas. Éramos
el objeto de la tomadura de pelo. Ellos constituían,
por fin, la mayoría aplastante.
De
repente, el cumpleañero propone la solemne apertura
de los paquetes de regalo. Un coro de ángeles
asexuados exageraba la sorpresa al mostrarse cada objeto
develado en acto ritual. Coreutas y anticoro, entraron
en éxtasis absurdo cuando hizo la aparición,
entre papeles de lunares color rosa intenso, la mismísima
Abejita Maya en su mejor versión de alcancía.
No imaginé que cambiaría los equilibrios al
volverse la estrella de la noche. Ningún integrante
de los grupos GLBT ( Gays, lesbianas, bisexuales
y transgénero, para los que no conozcan la sigla)
tenían más competencia que la nueva aparecida. ¡Vaca
para dos horas más de orquesta! En busca del
tiempo perdido, de Monsieur Proust, queda como 'abeja
fumigada' al lado de ese incendio que se extinguió a
las siete de mañana.
No
me fui. Me quedé al 'calentado' y a su consecuente
desvarío. Estábamos, ellas, ellos y yo en
torno al resumen de la jornada. Reímos mucho. Pasiva
contemplé mi entorno. Si de tolerancia se trata,
pensé, estos seres de sexualidad alternativa, nos
toleraron a los de preferencias sexuales convencionales
hasta lo intolerable. Comprenden como los que más
las ausencias, las soledades y la carencia de ternura.
Sin pretensiones carnales de por medio, la relación
es de alma contra alma. Son tan generosos que se ofrecieron
hasta a pasar por hombres, si yo requeriera compañía.
Acudirán donde diga, con esmoquin y todo si el
caso lo ameritara.